domingo, 26 de agosto de 2012

I Don't Want To Love You Cap.3







Cuando salieron por la puerta de atrás, Miley recibió un golpe de viento helado en la cara y le soltó la mano para envolverse en el abrigo. Nicholas volvió a tomarla por la muñeca para llevarla hacia su coche.
–¿Has venido en coche? No, ella no tenía coche. Y tampoco tenía permiso de conducir, lo cual era un problema ya que necesitaba un vehículo para acudir a los eventos.
–No, Demi envió un coche a buscarme.
Nick arqueó una ceja.
–¿Y cómo has traído todas esas cosas desde Nueva York? –Solo pedí que me enviasen el vino, el resto lo he preparado aquí mismo. Demi tiene una cocina estupenda –respondió Miley. Y lo sabía bien porque era ella quien había llenado la despensa.
Nicholas abrió la puerta del Escalade y prácticamente la empujó hacia el interior.
–Mi chófer te llevará de vuelta a la ciudad por la mañana.
Vaya, parecía dispuesto a librarse de ella incluso antes de haberse acostado juntos, pensó Miley, molesta.
Demi subió al coche y arrancó a toda velocidad, aunque sabía que vivía cerca de allí. Medio kilómetro después se detuvo frente a una verja de hierro y esperó a que se abriera antes de acelerar de nuevo para subir por el camino.
Miley no podía ver nada en la oscuridad. No había ninguna luz encendida en la mansión y no tenía un aspecto muy invitador. Se preguntó entonces si sería una monstruosidad como un castillo medieval o algo parecido. Había oído a Joe tomarle el pelo sobre «su cueva» y sentía curiosidad.
Antes de que llegaran a la casa las luces se encendieron de repente por control remoto.
Bajó del coche y sonrió cuando él le puso una mano en la espalda mientras entraban en una cocina que la hizo babear de envidia. Tenía un aspecto tan inmaculado que no parecía haber sido usada nunca.
Nicholas la llevó al vestíbulo de entrada y cuando empezó a subir la escalera Miley casi tuvo que correr para seguirlo.
Cuando llegaron al espacioso dormitorio principal estaba sin aire y, antes de que pudiese respirar, Nick tiró de ella para apretarla contra su torso y darle un beso que la dejó casi mareada.
–Eres tan preciosa… –murmuró–. Me vuelves loco.
Ella sonrió, satisfecha. ¿Qué mujer no se sentiría así al escuchar eso? –Pero tenemos que hablar de un par de cosas antes de dejarnos llevar.
Aunque hablaba con calma, sus ojos brillaban de una forma que la hizo temblar. La deseaba, eso estaba claro. Nunca se había sentido devorada por la mirada de un hombre, pero así era como se sentía en ese momento.
–¿A qué te refieres? –Hay cosas que deberías saber, cosas que tengo que dejar claro para que luego no haya malentendidos.
La curiosidad hizo que Miley enarcase una ceja mientras se sentaba al borde de la cama y cruzaba primorosamente las piernas.
–Te escucho.
¿Pero qué podía ser tan importante como para detener un beso? Nick se aclaró la garganta antes de decir: –No estoy interesado en compromisos. Necesito que entiendas eso antes de acostarnos juntos. Esto es solo un encuentro casual. No te llamaré mañana… 
–Muy bien.
–Y espero que te marches por la mañana. Mi chófer te llevará a la ciudad.
Miley sonrió, pero estaba claro que eso era lo último que Nicholas esperaba.
¿Qué pensaba, que iba a irse de su casa indignada? Sin dejar de sonreír, se levantó para acercarse a él y pasó los dedos por los botones de su camisa.
–Si crees que yo quiero algo más, vas a llevarte una desilusión. Lo que quiero es sexo. ¿Puedes darme eso? 
De inmediato vio un brillo de alivio en sus ojos. Pero cuando iba a besarla, Miley se apartó.
–No tan rápido. Yo también tengo un par de cosas que decir.
–¿Ah, sí? 
–Imagino que tendrás preservativos. O más bien, si no hay
preservativos no habrá sexo, así de sencillo.
–Tengo preservativos –dijo Nick.
Miley alargó una mano para tirar de su camisa.
–Entonces no tenemos nada más que decir –murmuró, buscando sus labios.
Nick experimentó una oleada de deseo que lo dejó mareado. Miley era todo lo que había imaginado y mucho más. Era dulce, sexy, atrevida y estaba seduciéndolo en su propio dormitorio.
Le encantaba que fuese tan impaciente, tirando de su camisa para sacarla del pantalón. Estaba acostumbrado a ser el más activo en la cama, pero era muy excitante que fuese al revés.
Cuando empezó a bajar la cremallera de su pantalón estuvo a punto de perder la cabeza y tuvo que respirar profundamente, intentando controlar la descarga de adrenalina.
Pero cuando bajó la cremallera y agarró su miembro… «Caray».
Pippa se puso de puntillas para besarlo, acariciándolo con sus sedosos dedos… –La primera vez soy muy exigente –murmuró–. Y espero que te ocupes de mí.
Si aquello no era un reto, no sabía qué podía serlo. Nicholas la apartó de sí lo suficiente como para llevarla a la cama y tiró de su ropa con manos impacientes hasta que quedó con el conjunto de ropa interior más sexy que había visto nunca.
Era una sirena vestida de negro. Las perversas braguitas y el sujetador que apenas le cubría los pezones… El pelo deliciosamente
despeinado la hacía parecer recién salida de la cama y sus ojos, sus profundos y eróticos ojos azules, lo volvían loco.
No era solo preciosa, era increíble.
La tumbó sobre el colchón para admirarla y pensó que era una fiesta para los sentidos. Y él quería disfrutarlos todos: el olfato, la vista, el oído, el tacto… quería oírla susurrar su nombre, pero sobre todo quería saborear cada centímetro de su piel.
Sabiendo que tendría problemas si no se ponía un preservativo de inmediato, abrió el cajón de la mesilla y sacó una caja entera que tiró sobre la cama.
Luego se tumbó sobre ella, capturando su boca, sintiendo las suaves curvas moldeándose a su cuerpo… Y fue como ser golpeado por un rayo. Ella le devolvía el beso apasionadamente, acariciando su espalda, explorando cada centímetro de su piel.
Recordando la vívida fantasía que había tenido unas horas antes, Nick tiró de ella hasta que la tuvo sentada a horcajadas sobre su cuerpo.
La realidad sobrepasaba cualquier fantasía. Nada podía compararse con tenerla allí, en su cama, los muslos femeninos apretados contra sus costados.
–Desnúdate para mí –dijo con voz ronca–. Ahora mismo, para que pueda mirarte.
Miley le regaló una traviesa sonrisa y, lentamente, empezó a quitarse el sujetador. Pero en lugar de dejarlo caer sobre la cama, sujetó la diminuta prenda sobre su pecho, soltando los tirantes uno a uno y dejando que se deslizaran por sus brazos.
Nick apenas podía respirar y cuando por fin soltó el sujetador, revelando sus pechos ante su ávida mirada, dejó escapar un gruñido de satisfacción.
Eran del tamaño perfecto, firmes, altos, con unos pezones deliciosos que parecían suplicar sus caricias.
–Necesitaré ayuda con las bragas –murmuró Miley, haciendo una mueca juguetona.
Y Nicholas asintió con la cabeza. Claro que en aquel momento habría asentido a cualquier cosa.
Ella se inclinó hacia delante, dejando sus preciosos pechos a unos centímetros de su boca, y empezó a bajarse las braguitas.
Nicholas no sabía qué debía hacer él, pero estaba dispuesto a cualquier cosa.
Apoyándose en un codo, alargó la otra mano para sujetar su cintura,
acariciando su espalda, disfrutando de su suave piel.
Cuando las braguitas estaban en sus rodillas, Miley puso las piernas sobre su torso.
–Tira de ellas –musitó.
Más que contento de poder ayudar, Nick tiró de la prenda y se lanzó sobre ella como un predador.
La sensación de estar piel con piel estuvo a punto de hacerlo perder la cabeza mientras acariciaba sus pechos con la lengua.
Era perfecta, voluptuosa, dulce, no demasiado delgada, sencillamente perfecta.
Un suspiro se escapó de su garganta cuando envolvió un rígido pezón con los labios, chupando lentamente, rozándolo con la punta de la lengua mientras ella jadeaba.
–Eres preciosa –susurró–. No me canso de ti… sabes mejor que cualquier cosa que pudieras cocinar.
–Pero si aún no has probado mi comida –bromeó Miley–. Soy una cocinera maravillosa.
Nicholas sonrió.
–Era un cumplido. O al menos pretendía serlo.
–Creo que lo estabas haciendo bien sin cumplidos.
–¿Te gusta? –susurró Nicholas, acariciando su pecho y viendo cómo el pezón se levantaba–. ¿Qué más te gusta, Miley? Dime cómo darte placer.
–Lo estás haciendo bien, no tengo ninguna queja –logró decir ella, entre suspiros–. Me encanta que un hombre se tome su tiempo y no piense solo en su propio placer.
–Pero esto me hace sentir un gran placer –musitó él–. Me encanta tocarte, besarte. Me encanta ver cómo respondes, cómo se oscurecen tus ojos cuando estás encendida. Y esa sonrisa perversa me dice que vamos a pasarlo muy bien.
–Ahora que lo pienso, sigue con los cumplidos –bromeó Miley–. Me gustan mucho.
–Dime dónde quieres que te toque.
Los ojos azules se oscurecieron mientras tomaba su mano y la deslizaba hasta su entrepierna para colocarla sobre el capullo escondido entre los rizos… Miley dejó escapar un gemido cuando Nicholas empezó a mover los dedos… ah, sí, eso le gustaba mucho.
También él podía ser perverso cuando quería, pensó Nick, acariciando los aterciopelados pliegues de su feminidad.
Ella dejó escapar un grito, arqueándose y enredando los dedos en su pelo. No era tímida en absoluto, sabía lo que quería y lo exigía. Y eso le encantaba.
Nicholas le acarició el clítoris una vez más y luego apartó la mano para tomar un preservativo, inclinándose para besarla mientras le abría las piernas con la rodilla. No se cansaba de ella y pensaba aprovechar todo el tiempo que estuviera allí.
–¿Estás lista para mí? Ella respondió envolviendo las piernas en su cintura y arqueando la espalda y Nick tuvo que sonreír ante su impaciencia.
–Guíame, Miley. Dime cómo te gusta.
Ella bajó una mano para envolver su miembro y colocarlo entre sus piernas, arqueándose un poco más al sentir el primer roce en la entrada de su húmeda cueva.
Los dos suspiraron y Nicholas no pudo esperar más. Levantando las caderas, la penetró con una embestida… al principio pensó que le había hecho daño, pero entonces Miley clavó los dedos en sus hombros y casi le gritó que no parase.
Él sonrió, besándola mientras se movía a un ritmo frenético. Sin estilo, sin gracia, aquel encuentro no podía ser descrito como elegante, todo lo contrario.
Era algo animal, con Miley dando tanto como tomaba. Exigiéndole todo lo que tuviese y más. Nunca le había hecho el amor a una mujer más fiera y Nick disfrutó de cada segundo.
–¿Estás conmigo,  Miley? Necesito que estés conmigo, estoy a punto.
–Estoy contigo –murmuró ella–. Sigue, Nick, no pares.
Como si pudiese parar.
Dejando escapar un gruñido, Nick empujó con fuerza. No pensaba en nada más que en ella, solo en ella moviéndose, apretándolo.
Escuchaba sus gemidos, olía su perfume, la saboreaba y la sentía hasta en los huesos.
–¡Nick!
Miley se agarró a sus hombros y él tembló violentamente mientras la oía gritar.
Un segundo después caía sobre ella, aunque sabía que debía estar
aplastándola. Pero Miley no se quejaba, al contrario. De hecho, lo apretaba con tal fuerza que no habría podido apartarse aunque quisiera.
Se quedaron así durante unos segundos, intentando recuperar el aliento. Y luego, dejando escapar un suspiro, Nick se apartó para quitarse el preservativo.
Cuando volvió la cabeza, Miley estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados.
–Creo que estoy muerta –murmuró–. ¿Cuándo vamos a hacerlo otra vez?





No hay comentarios:

Publicar un comentario